
Cuenta la mitología griega que Sisifo, como Prometeo, hizo enfadar a los dioses por su extraordinaria astucia. Como castigo, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, solo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.
Antes de continuar pido disculpas por el parón. Otras aventuras han impedido que vuelva a desembarcar en este puerto.
Según planto el pie en tierra en firme me entra un mensaje en un grupo de amigos. Debo confesar que, por una cuestión de higiene mental, he permanecido apartado de la (des) información diaria durante un tiempo. El mensaje venía a decir lo siguiente “se está poniendo caliente el asunto…”
Con cierto recelo le pido que me de algo más de luz. Los Soprano habían vuelto a actuar.
Aprovechando la tregua climatológica que reinaba en la ciudad me decido a dar un paseo, e, inconscientemente me encamino a la Carrera de San Jerónimo.
En un acto reflejo me escondo la cartera. Ahí están. Nada ha cambiado. Se reúnen en la puerta de la sede. Entre risas, y, palmadas en el hombro, empiezan a tramar cual será el siguiente golpe.
Sin ningún tipo de miedo a las consecuencias. Se sienten inmunes, y, por desgracia lo son. Caerá algún lugarteniente, pero los capos de las familias se presentan al pueblo como damnificados. Ellos ni sabían ni estaban. No conocían a esos malhechores que ensuciaron el buen nombre de su organización.
Algún profesional de la prensa se les acerca. Esto me recordó a la película de El Padrino cuando Michael Corleone consulta con su consejero si tienen en nómina periodistas. Michael Corleone queda a salvo del delito y se nos presenta como el damnificado, exigiendo, faltaría más, una indemnización por haber mancillado su nombre.
El control de la zona se sigue rigiendo por una cuestión de fuerzas. Ahora es la familia de Ferraz, mañana la de Génova. Mientras ellos luchan, o, al menos lo aparentan, solo hay un perdedor.
Volví a consultar el teléfono y el grupo estaba dictando sentencia. En resumen, las madres de los diputados no quedaban en buen lugar.
Seguí caminando y me puse a pensar que cuota de responsabilidad teníamos nosotros en todo esto. Algo habremos hecho mal para que esta panda de delincuentes campe a sus anchas. No es cuestión de rasgarnos las vestiduras.
Tirando de mis escasos conocimientos de historia pude llegar a hacer una fotografía de la sociedad de mi país.
Una sociedad que ante los desmanes de la monarquía y la clase política giraba la cara hacia otro lado, “más vale malo conocido…”
Una sociedad que se sentía aturdida e indefensa cuando intentaba averiguar cómo funcionaba el entramado burocrático. “pase usted a la siguiente ventanilla”. Muñecas rusas que no acaban jamás.
Una sociedad que vivía atormentada por la culpabilidad. El escuadrón judeocristiano le culpaba por pensar, hablar. Hasta por amar.
Una sociedad donde la clase baja no tenía ninguna oportunidad de salir de su miseria. Donde la clase media vivía por encima de sus posibilidades y únicamente se ocupaba de aparentar, remendando una y otra vez levitas y vestidos. De tirarse el pisto, como decía Don Benito Perez Galdós. Y, una sociedad donde la clase alta apartaba a los anteriores y únicamente acudía a ellos para satisfacer sus necesidades básicas, y/o utilizarla para dar rienda suelta a sus pasiones.
Una sociedad que se vanagloriaba de hacer las cosas por cojones. De ese gen visceral, mal llamado orgullo. Esa visceralidad que planta en el siglo XIX su semilla de lo que nos depararía el futuro. Desde ese radicalismo se forjan los extremismos que tantas tumbas cavaron. Cualquier intento de cambio es aniquilado con presteza y celeridad. El árbol tiene que empezar a dar sus frutos tras su planta.
Una sociedad que se regocijaba en su incultura. Donde las tertulias se limitaban al escarceo del diestro de Linares con la tonadillera cordobesa. Donde el que pensaba distinto era echado a la hoguera (en ocasiones literalmente).
Esta es mi fotografía. Sesgada e incompleta por mis limitaciones académicas. Pero hay un factor que provoca que yo razone de esta manera: lo que yo percibo. Lo que siento al contemplar, tanto nuestra historia, como el presente. Un sentimiento prevalece sobre el resto; resignación.
Sigo deambulando e intento dar forma a esa asociación. ¿Estamos tan alejados de esa sociedad que antes dibujé?
Vivimos en una sociedad donde el neoliberalismo nos indica que nuestra única fuente de bienestar es consumir. Mi Iphone 15 se ha quedado obsoleto, el nuevo tiene más pixeles y más gigas de memoria. Y, por supuesto, no voy a ser menos que mi compañera de piso. No lo necesito, pero siento la necesidad de cambiarlo. El nuevo vale mil quinientos euros, pero si cedo mi actual dispositivo solo desembolso ochocientos. Los de la manzana son unos incautos y en un acto de osadía les voy a embaucar.
Una sociedad donde el posmodernismo nos vende que nuestro momento llega al comprarnos un café de siete euros recién traído de Arabia. Nos certifican que a la leche no se le ha acercado vaca alguna, y, por el módico precio de cinco euros nos llevamos la taza. Precio total de nuestro momento de desconexión doce euros. El local, por supuesto, aséptico, para poder continuar nuestra jornada laboral si nos aburrimos de conectar con nosotros. Nos ponemos los cascos del Iphone 16 y escuchamos el ultimo éxito musical. Nuestro particular Quevedo (o su primo) intenta conquistar a una mujer empoderada lanzándole un mensaje tipo “te voy a poner las piernas como las puertas de un Lambor”.
Nuestro ocio sigue por la misma senda. Del diestro y la tonadillera hemos volado a una isla donde nos sentimos ansiosos porque las parejas vendan su infidelidad. Tranquilos, no caigamos en el caos, el torero y el futbolista aún forman parte de nuestros referentes.
Entrar en el metro y encontrar alguien leyendo un libro se ha convertido en un desafío. Todos pendientes de nuestras redes sociales. Tantos likes tengo tanto me valoro.
El que piensa distinto sigue igual; apartado. No solo socialmente, esto es un hecho, también institucionalmente.
Recientemente mantuve una charla con un grupo de amigos. En un descuido nos desviamos del último affaire del ciclado de moda y empezamos a hablar de esa gente que idea negocios únicos, genuinos. Un amigo comentó el caso de un joven que creó el gofre con forma de pene. Este veinteañero decidió vender su idea a una franquicia por un monto nada desdeñable. Otro miembro de esta tertulia (sin asociación con el gofre) que se dedica a la docencia, sacó a colación el caso de esos chicos que no son capaces de seguir el ritmo de la clase, es decir, no se saben de memoria los ríos de España, ni el número de valencias del selenio. Que se hace en estos casos, se les manda a un grupo de clases especiales. (Si me lees disculpa que no recuerde el nombre técnico). Hablando en plata; se les aparta. Es un inadaptado.
Curiosamente, uno de estos inadaptados montó un negocio de importación de productos asiáticos que le reporta más dinero que decir de carrerilla la lista de los reyes Godos.
Insisto, es curioso que muchos de estos inadaptados, que decidieron no seguir al rebaño y salir del redil, posteriormente son los que idean lo que nosotros consumimos. Albert Einstein, Bill Gates, el de los gofres con forma pene….
Tomaron su camino. No el correcto. El suyo. Y más allá del poder económico que llegan a acumular, son personas que se sienten plenas.
Estos son ejemplos de gente celebre. La realidad es que la mayoría no conseguiremos montar una empresa en un garaje. Pero que hacemos en nuestras parcelas personales. Alimentar a la bestia. Nuestra felicidad se basa en un modelo prestablecido. Solo anhelamos. Deseamos la vida del prójimo.
Disfrutar de una vida totalmente programada. Cada uno con más o menos medios, pero totalmente plana. Estudiar. Tener un buen sueldo. Una pareja con la que transitar por el desierto. Aspirar a comprarnos un Iphone 16 y esperar a la dama de la guadaña mientras vemos el ultimo capitulo de la isla de marras.
Que vamos a hacer. Debemos continuar y aguardar en la fila donde reparten ciclos de suerte mientras suspiramos, gemimos y lloramos en este valle de lágrimas.
Pensaras, puede que con acierto ¿Qué tiene esto que ver con la banda criminal que nos gobierna?
No mostramos nuestra rebeldía. No estamos dispuestos a cambiar nada. Con nuestro bienestar nos creemos plenos. Bienestar falseado, abrigado bajo el paraguas de seguridad que nos venden Los Soprano. Cuestionemos a quien le va mejor con todo este tinglado.
El inadaptado no se posiciona en ningún extremo. No erige más bandera que la suya. Se planta delante del espejo y se dice “ahí estas, tú eres el motor del cambio”. Acepta la realidad. Con humildad, no con humillación, solicita ayuda, pero no espera que la realidad cambie. Se enfrenta a ella y no se resigna a ser uno más. Salta sus vallas de seguridad.
Se pregunta si debe conformarse con las migajas que nos dan a cuentagotas. Se mira dentro. No se valora por lo que tiene. Se mima, se quiere. Se habla con orgullo. Y ama al resto más allá de por qué le generen un momento puntual de alegría.
No compra su felicidad, él se la fábrica. Deshecha idiotas prejuicios y no se abandona en una inercia que tarde o temprano le llevará a la deriva.
No hace memoria de una historia que nunca fue. Su ideal no es demagógico. Se niega a pensar que ser una persona digna y con principios sea utópico.
Un paréntesis. Hablando de utopías/distopias, en 1947 George Orwell dibuja en su novela “1984” una sociedad vigilada, manipulada y reprimida. Donde entre sus cometidos se encuentran fiscalizar el pensamiento, reescribir la historia, etc.
Un simple comentario. Es ficción, nunca va a suceder.
El inadaptado no es colaborador necesario de la trama. No se estafa a sí mismo. No corre un tupido velo, hace de tripas corazón y continúa empujando la rueda colina arriba.
Nos amoldamos a esta sociedad y no podemos ser hipócritas. Firmamos el miedo por contrato. Tenemos un discurso comprado. Nuestro tatuaje es la vergüenza y nos sale barato regalar nuestra atención. Nos inmolamos cada día con nuestras miserias. Si este es el bienestar que queremos debemos acoger a los que lo han fabricado. No seamos desagradecidos.
A diferencia del inadaptado, la gente de orden nos hemos convertido en Sisifo. Sentimos una brisa de libertad mientras subimos la piedra a la cima, pero siendo un pelín honestos sabemos que la piedra volverá a rodar hacia el punto de origen. El esfuerzo es inútil. No hay esperanza.
En definitiva, toca resignarse.
Mientras iba andando he sentido un pinchado de envidia. ¿Realmente existe ese grupo de gente que se sale del pensamiento único? Por supuesto que no. No intentes autoengañarte.
Al conectar conmigo caigo a la realidad. Lo que siento es culpabilidad por idealizar una vida en libertad. Culpa por haber perdido el tiempo con estas líneas cuando soy consciente que mañana tendré que levantarme a empujar nuevamente la piedra. No queda otra.
¿Que como me encuentro? De momento bien.
Gracias a toda esta gente que hace posible mi utopía.
“Son las 6 de la mañana no enciendas la luz. Aún no quiero entregar las armas, no enciendas la luz. Es solo que el tiempo pasa y siempre gana la competición. Es solo que a veces cansa y nos agota el alma la actuación”

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